Orlando
Orlando «¡Gracias a Dios que soy una mujer!», gritó y estuvo a punto de incurrir en la suprema tonterÃa —nada es más afligente en una mujer o en un hombre— de envanecerse de su sexo, cuando se demoró en la extraña palabra, que a pesar de nuestra severidad, se ha deslizado en el final del último párrafo: Amor, «El amor», dijo Orlando. Inmediatamente —tal es su Ãmpetu— el amor tomó forma humana —tal es su orgullo. Los otros pensamientos se resignan a ser abstractos; éste no descansa hasta no revestirse de carne y sangre, mantilla y enaguas, calzones y justillo. Y como todos los amores de Orlando habÃan sido mujeres, ahora, con la culpable lentitud que ponen los organismos humanos para adaptarse a un cambio de convenciones, aunque mujer ella misma, era otra mujer la que amaba; y si algún efecto produjo la conciencia de la igualdad de sexo, fue el de avivar y ahondar los sentimientos que ella habÃa tenido como hombre. Pues ahora se le aclararon mil alusiones y misterios antes oscuros. La oscuridad que separa los sexos y en la que se conservan tantas impurezas antiguas, quedó abolida, y si el poeta tiene razón al afirmar que la Verdad es la Belleza, y la Belleza es la Verdad, este afecto ganó en belleza lo que perdió en mentira.