Orlando
Orlando «Rehusar y ceder —murmuró— qué delicioso; perseguir y conquistar, qué augusto; comprender y razonar, qué sublime». Ninguna de esas palabras así apareadas le pareció mal; y sin embargo, al agrandarse los acantilados de tiza se sintió culpable, deshonrada, impura, lo que en una mujer que jamás pensó en el pecado era un poco anormal. Más y más se acercaron, hasta que se percibieron a simple vista los juntadores de algas, pendientes en la vertical del acantilado. Mirándolos, Orlando sintió que subía y bajaba por su pecho, como un irónico fantasma a punto de recoger sus faldas y de desvanecerse, Sasha la perdida, Sasha el recuerdo, Sasha de golpe tan cercana y tan real —Sasha, le pareció, haciendo morisquetas y muecas, y ademanes irrespetuosos a los acantilados y a los juntadores de algas; y cuando los marineros empezaron a salmodiar: «Adiós, y hasta la vista, oh damas de España», las palabras retumbaron en el triste corazón de Orlando, y pensó que si el desembarco significaba influencia y poder (porque sin duda pescaría algún noble Príncipe y reinaría, su consorte, sobre medio Yorkshire), también significaba mediocridad, significaba servidumbre, significaba engaño, significaba renegar de su amor, engrillar su cuerpo, fruncir sus labios, y moderar su lengua, y hubiera querido regresar con el barco y tender la vela hacia los gitanos.