Orlando
Orlando Sin embargo, entre la agitación de esos pensamientos, algo se alzó como una cúpula de liso mármol blanco; algo verdadero o fantástico, pero que impresionó de tal modo a su afiebrada imaginación que se detuvo en él, como un enjambre de vibrantes libélulas que se posa con visible satisfacción sobre la campana de cristal que protege una planta tierna. Su forma, por el azar de la fantasÃa, le trajo aquel recuerdo tan antiguo y tan persistente, el hombre de la frente abovedada, en la pieza de Twitchett, el hombre sentado, escribiendo o más bien mirando, no a ella ciertamente, porque no parecÃa haberse fijado en el delicioso muchacho que era entonces —¿a qué negarlo?, en su traje de gala—, y cada vez que Orlando pensaba en él, el pensamiento difundÃa una superficie quieta de plata, como la luna que se eleva sobre las aguas turbulentas. Su mano fue a su pecho (la otra mano la tenÃa apretada el capitán) donde las páginas de un poema estaban guardadas. Eran su talismán. La preocupación del sexo, a cuál pertenecÃa y qué significaba, se acalló; ahora pensaba solamente en la gloria poética, y los grandes versos de Marlowe, Shakespeare, Ben Jonson, Milton, reverberaron y retumbaron, como si un badajo de oro golpeara una campana de oro en la torre de catedral que era su mente. Lo cierto es que la cúpula de mármol que sus ojos habÃan divisado con tanta vaguedad, que la habÃan convertido en la frente de un poeta y que habÃa sido el punto de partida de un enjambre de ideas impertinentes, no era ilusorio sino real; y al remontar el barco el rÃo Támesis con una brisa favorable, la imagen y sus ricas asociaciones cedieron su lugar a la verdad, que son precisamente la cúpula de una vasta catedral saliendo de una filigrana de agujas blancas. «San Pablo —dijo el capitán Bartolus, siempre a su lado—. La Torre de Londres —prosiguió—. El hospital de Greenwich, erigido en recuerdo de la Reina MarÃa por su esposo, su difunta Majestad, Guillermo Tercero. La AbadÃa de Westminster. El Parlamento». Mientras hablaba, desfilaban esos célebres edificios. Era una hermosa mañana de septiembre. Miles de pequeñas embarcaciones cruzaban de una orilla a la otra. Raras veces se habÃa presentado a la mirada del viajero que vuelve un espectáculo más alegre o más interesante. Orlando, inclinada sobre la proa, estaba maravillada y absorta. Sus ojos habÃan contemplado demasiado los salvajes y la naturaleza para que no los encantaran ahora esas glorias urbanas. Entonces, ésa era la cúpula de San Pablo que habÃa edificado Mr. Wren durante su ausencia. Cerca, una crencha de cabellos de oro brotó de una columna —el capitán Bartolus estaba a su lado para informarla que eso era el Monumento; hubo un incendio y una peste durante su ausencia, le dijo. Orlando trató de retener las lágrimas que se agolpaban a sus ojos, hasta que recordó que en las mujeres el llanto queda bien y las dejó correr. AquÃ, pensó, fue el gran carnaval. AquÃ, donde golpean vivamente las olas, estuvo el Pabellón del Rey. Aquà vio a Sasha por primera vez. Por aquà (miró la hondura de las aguas chispeantes) venÃa uno a mirar a la mujer helada en el bote con sus manzanas en la falda. Desaparecido todo ese esplendor y toda esa corrupción. Desaparecido también la noche oscura, el diluvio monstruoso, las arremetidas violentas de la inundación. AquÃ, donde giraron los témpanos amarillos con su tripulación de miserables y de aterrados, bogaba una banda de cisnes, altivos, ondulantes, soberbios. Londres mismo se habÃa transformado del todo desde la última vez que lo vio. Entonces, recordaba, habÃa sido un montón de casitas negras, con fachadas salientes. Las cabezas de los rebeldes hacÃan muecas en las picas de Temple Bar. Las calles empedradas apestaban de basuras y de bosta. Ahora, mientras la nave costeaba Wapping, entreveÃa caminos anchos y ordenados. Imponentes carruajes tirados por yuntas de caballos bien alimentados estaban a la puerta de casas cuyas ventanas salientes, cuyos cristales, cuyos lustrados llamadores, daban fe de la riqueza y de la tranquila dignidad de los habitantes. Señoras vestidas de seda floreada (miró con los anteojos del Capitán) caminaban por altas veredas. Ciudadanos de casaca bordada tomaban rapé en las esquinas, bajo los faroles. Pudo ver una cantidad de enseñas pintadas, meciéndose en la brisa, y se formó una idea de los tabacos, de las telas, de las sedas, del oro, de la platerÃa, de los guantes, de los perfumes y de los mil diversos artÃculos que se vendÃan. Al acercarse el barco a su ancladero cerca del Puente de Londres, Orlando pudo ver los balcones abiertos de los cafés, donde gracias al lindo tiempo, un vasto número de personas de bien estaban cómodamente sentadas, con tazas de porcelana y pipas de barro, mientras alguno leÃa en voz alta un periódico, y a menudo lo interrumpÃan las carcajadas o el comentario de los otros. ¿Ésas eran tabernas, ésos eran hombres de ingenio, ésos eran poetas?, le preguntó al capitán Bartolus, que le informó que en ese momento preciso si ella miraba un poco más a la izquierda siguiendo la lÃnea de su Ãndice —ah× pasaban frente al Cacao Silvestre, donde —sÃ, ahà estaba— se podÃa ver a Mr. Addison, tomando su café; los otros dos —«ahÃ, Señora, un poco hacia la derecha del farol, uno jorobado, el otro como usted y como yo»— estaban Mr. Dryder y Mr. Pope[1]. «Buenas piernas —dijo el Capitán, para decir que eran Papistas—, pero con todo hombres capaces», agregó corriendo a la popa, a dirigir las disposiciones para el desembarco.