Orlando
Orlando Pronto sabrÃa Orlando la insignificancia de las más tempestuosas agitaciones ante el rostro de hierro de la Ley, rostro más duro que las piedras de London Bridge y más severo que la boca de un cañón. Apenas regresó a su casa en Blackfriars se enteró por una serie de mensajeros de Bow Street y otros graves emisarios de las Cortes de Justicia que ella era parte en tres procesos mayores entablados en su contra, durante su ausencia, sin contar innumerables litigios menores, que derivaban o dependÃan de los principales. Los cargos capitales eran: (1) que estaba muerta y por consiguiente no podÃa retener propiedad alguna; (2) que era mujer, lo que viene a ser lo mismo; (3) que era un Duque inglés que habÃa contraÃdo enlace con Rosina Pepita, bailarina; y habÃa tenido de ella tres hijos, que ahora declaraban que, habiendo fallecido su padre, les correspondÃa la herencia de todas sus propiedades. Cargos tan graves, requerÃan, naturalmente, tiempo y dinero. Todos sus bienes fueron embargados y sus tÃtulos suspendidos mientras proseguÃa el litigio. En esa situación tan ambigua, en la incertidumbre de si estaba muerta o viva, si era hombre o mujer. Duque o nadie, Orlando llegó en una silla de posta hasta su casa de campo, donde, esperando el fallo final, la Justicia le permitió residir de incógnito o de incógnita, según el giro que tomara el litigio.