Orlando
Orlando Era una hermosa tarde de diciembre cuando llegó; estaba nevando y las sombras moradas tenían un declive parecido al que ella vio desde la montaña de Brussa. La gran casa descansaba más como un pueblo que como una casa, parda y azul, rosada y púrpura en la nieve, con todas sus chimeneas atareadas y humeantes como si las animara una vida propia. Ella no pudo reprimir un grito al verla tranquila y maciza, asentada en las Praderas. Al entrar en el parque el coche amarillo y rodar por la avenida de árboles, los ciervos colorados alzaron la cabeza como si la esperaran, y se observó que, en vez de mostrar su natural timidez, siguieron el coche y se detuvieron en el patio junto con él. Al bajarse el estribo y descender Orlando algunos movieron las astas y otros golpearon el suelo con las pezuñas. Uno, se cuenta, llegó a arrodillarse en la nieve delante de ella. No le dieron tiempo de golpear a la puerta: las dos hojas se abrieron de par en par, y ahí con luces y antorchas sobre sus cabezas, estaban Mrs. Grimsditch, Mr. Dupper, y todo un séquito de sirvientes para darle la bienvenida. Pero el afectuoso desfile fue interrumpido, primero, por el ímpetu de Canuto, el sabueso, que se arrojó con tal impulso sobre su ama que casi la tiró al suelo; luego, por la agitación de Mrs. Grimsditch, que al iniciar una reverencia se conmovió de suerte que no hacía otra cosa que balbucear: ¡Milord! ¡Milady! ¡Milord!, hasta que Orlando la calmó, con un beso en ambas mejillas. Entonces, Mr. Dupper empezó la lectura de un pergamino, pero el ladrido de los perros, los cazadores con sus cornetas, y los ciervos metidos en el patio bramando a la luna, interrumpieron su discurso, y el gentío se dispersó después de haber rodeado a su ama, y haberle demostrado la dicha que les traía su vuelta.