Orlando

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Nadie mostró la menor duda de que el Orlando de hoy no fuera el Orlando de ayer. Si alguna hubieran tenido, la actitud de los perros y de los ciervos hubiera bastado a disiparla, porque es sabido que los seres irracionales nos aventajan infinitamente para juzgar la identidad y el carácter. Además (dijo esa noche Mrs. Grimsditch a Mr. Dupper ante sus tazas de té chino), si su Señoría era ahora una señora, nunca había visto una más linda, ni uno le llevaba a la otra un centavo de ventaja, eran igualmente agraciados los dos; se parecían como dos duraznos en una rama; y lo que es ella, agregó Mrs. Grimsditch poniéndose confidencial, siempre había tenido sus sospechas (aquí movió la cabeza con gran misterio), por lo que no la sorprendía (aquí movió la cabeza con un aire enterado), y por su parte, un gran alivio; porque con esa historia de las toallas que había que zurcir y de las cortinas en la sala del capellán con los bordes comidos por la polilla, ya era tiempo de que una Señora mandara en la casa.

«Y algunos señoritos y señoritas que la sucedan», agregó Mr. Dupper, cuyo santo oficio le permitía decir lo que pensaba en materia tan delicada.




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