Orlando
Orlando Así, mientras los viejos servidores charlaban en el hall de la servidumbre, Orlando tomó una palmatoria de plata y erró de nuevo por las salas, los corredores, los patios, los dormitorios; de nuevo vio inclinarse sobre ella el rostro oscuro de ese Guardasellos, o de aquel Señor Canciller, sus antepasados; se sentó en un sillón de gala, se reclinó en aquel diván de delicias; observó la agitación de los tapices; vio cabalgar a los cazadores y huir a Daphne; bañó su mano, como le gustaba hacerlo en su infancia, en el amarillo charco de luz que la luna proyectaba a través del heráldico Leopardo de la ventana; patinó sobre los tablones del piso, lustrado por encima; tocó esta sedería, aquel raso; imaginó que los delfines esculpidos nadaban; cepilló su cabello con el cepillo de plata del Rey Jaime: sepultó su cara en el potpourri, elaborado con la receta que había enseñado el Conquistador a los suyos hace muchos siglos y con las mismas rosas; miró el jardín y se figuró el sueño de los azafranes y las dalias dormidas; vio el blanco resplandor de las livianas ninfas en la nieve, contra los cercos negros de tejos macizos como casas; vio los invernáculos de naranjos y los nísperos gigantes —todo eso vio, y cada vista y cada sonido, por toscamente que lo hayamos descrito, colmó su corazón con tal alegría y bálsamo de dicha, que al final, extenuada, penetró en la Capilla y se dejó caer en el viejo sillón colorado en donde sus mayores oían la misa. Ahí encendió un cigarro de hoja (era una costumbre que había adquirido en Oriente) y abrió su Libro de Oraciones. Era un librito encuadernado en terciopelo, cosido con hilo de oro, que María, Reina de Escocia, había tenido en el cadalso, y los ojos piadosos podían percibir una mancha oscura, rastro, según se decía, de una gota de la sangre real. ¿Quién osará decir los pensamientos reverenciales que despertó en Orlando, las malvadas pasiones que adormeció, ya que de todas las comuniones, la más inescrutable es esta comunión con la divinidad? El novelista, el poeta, el historiador, todos vacilan al golpear a esa puerta; el mismo creyente no nos ilumina; pues, ¿está acaso más dispuesto a morir que los otros, o más impaciente de compartir sus bienes? ¿No mantiene tantas doncellas y tantas yuntas de caballos como el resto de los hombres, a pesar de profesar una fe que enseña que los bienes son vanidad y la muerte es deseable? En el libro de misa de la Reina, junto con la mancha de sangre, había también un rizo de cabellos y una miga; Orlando agregó a esas reliquias una picadura de tabaco, y así leyendo y fumando, la conmovió la mescolanza humana de todos ellos —el rizo, la miga, la mancha de sangre, el tabaco— hasta alcanzar un estado contemplativo que le dio un aire reverente muy de circunstancia, aunque no tenía, se ha dicho, comercio alguno con el Dios habitual. Nada, sin embargo, es más altanero, aunque nada tampoco es más común, que postular que de todos los dioses no hay más que uno, y de todas las religiones, sólo la del que habla. Orlando, parece, tenía una fe propia. Con el mayor ardor religioso, meditaba ahora sobre sus pecados y sobre las imperfecciones que se habían deslizado insidiosamente en su estado espiritual. La letra S, meditaba, es la serpiente en el Edén del poeta. Por más que hiciera, quedaban demasiados de esos culpables reptiles en las primeras estrofas de «La Encina». Pero la «S» no era nada, en su parecer, comparada con la terminación «ando». El participio presente es el diablo en persona, pensó (ya que estamos en un lugar donde se cree en el diablo). Eludir tales tentaciones es el primer deber del poeta, concluyó, porque si el oído es la antecámara del alma, la poesía puede corromper más seguramente que la lujuria o la pólvora. Por consiguiente, el oficio del poeta es el más elevado de todos, prosiguió. Sus palabras alcanzan donde los otros quedan cortos. Una simple canción de Shakespeare ha hecho más por los pobres y los malvados que todos los predicadores y filántropos de la tierra. No hay devoción, no hay tiempo, que se puedan considerar excesivos, cuando se trata de que el vehículo de nuestro mensaje desfigure un poco menos lo que lleva. Debemos modelar nuestras palabras hasta que se ajusten minuciosamente a lo que pensamos. Los pensamientos son divinos, etc. Es evidente que Orlando se estaba encarcelando en una religión que el tiempo había fortalecido en su ausencia, y que estaba adquiriendo con rapidez la intolerancia del sectario.