Orlando
Orlando «Estoy creciendo —pensó, tomando al fin su palmatoria—. Estoy perdiendo algunas ilusiones —dijo, cerrando el libro de la Reina MarÃa— tal vez para adquirir otras», y bajó a los sepulcros, donde yacÃan los huesos de sus mayores.
Pero hasta los huesos de sus mayores, Sir Miles, Sir Gervase, y los otros, habÃan perdido alguna parte de su santidad, desde la noche en que Rustem El Sadi habÃa agitado la mano en las montañas de Asia. La llenó de remordimiento el solo hecho de que hace apenas tres o cuatro siglos, esos esqueletos habÃan sido hombres que tuvieron que abrirse camino en el mundo como cualquier advenedizo de hoy, y que lo hicieron acumulando casas y cargos, jarreteras y condecoraciones como lo hace cualquier intruso, mientras que los poetas, quizás, y los hombres de gran talento y erudición, habÃan preferido la paz del campo; elección que los arrastró a la miseria y a pregonar ahora boletines en el Strand, o arriar ovejas en los prados. De pie en la cripta, recordó las pirámides egipcias y los huesos que cubren; y las montañas vastas y vacÃas que dominan el Mar de Mármara le parecieron, por el momento, una habitación más hermosa que esta casa de muchos dormitorios donde a ninguna cama le falta su colcha y a ninguna fuente de plata su tapadera de plata.