Orlando

Orlando

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Orlando durmió toda la noche sin saber nada. Sin saberlo, había sido besado por una reina. Y quizá, porque los corazones de las mujeres son intrincados, fueron su ignorancia y su sobresalto cuando lo tocaron sus labios, lo que mantuvo la memoria de su joven primo (porque eran de la misma sangre) fresca en su mente. Sea lo que fuere, no habían transcurrido dos años de esa quieta vida de campo, y Orlando no había escrito arriba de veinte tragedias y una decena de historias y una veintena de sonetos cuando llegó la orden de que compareciera ante la Reina en Whitehall.

—Aquí —dijo ella, mirándolo avanzar por el largo corredor—, viene mi inocente. (Había en él una serenidad que se parecía a la inocencia, aunque, técnicamente, la palabra ya no fuera adecuada).

—Ven —le dijo. Estaba sentada muy tiesa, junto al fuego. Y lo tuvo a un pie de distancia mirándolo de arriba abajo. ¿Estaba comparando sus especulaciones de la otra noche con la ahora visible realidad? ¿Encontraba justificadas sus conjeturas? Ojos, boca, nariz, pecho, caderas, manos —todo lo recorrió; sus labios se contrajeron visiblemente al mirarlo; pero cuando vio las piernas se rió abiertamente. Era la viva imagen de un caballero. ¿Y por dentro? Le clavó los amarillos ojos de halcón como para atravesarle el alma. El joven sostuvo esa mirada sonrojándose como correspondía.


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