Orlando
Orlando Fuerza, gracia, arrebato, locura, poesía, juventud —lo leyó como una página. En el acto se arrancó un anillo del dedo (la coyuntura estaba un poco hinchada) y, al ajustárselo, lo nombró su Tesorero y Mayordomo; después le colgó las cadenas de su cargo, y haciéndole doblar la rodilla, le ató en la parte más fina la enjoyada orden de la Jarretera. Después de eso nada le fue negado. Cuando ella salía en coche, él cabalgaba junto a la portezuela. Lo mandó a Escocia con una triste embajada a la desdichada Reina. Ya estaba por embarcarse a las guerras polacas cuando lo hizo llamar. ¿Cómo aguantar la idea de esa tierna carne desgarrada y de esa crespa cabeza en el polvo? Lo guardó con ella. En la eminencia de su triunfo, cuando los cañones tronaban en la Torre y el aire estaba tan espeso de pólvora que hacía estornudar y los hurras del pueblo retumbaban al pie de las ventanas, lo tumbó entre los almohadones en que sus damas la habían acomodado (estaba tan gastada y tan vieja) y le hizo hundir el rostro en ese sorprendente armazón —hacía un mes que no se había mudado el vestido— que olía exactamente, pensó él, invocando antiguos recuerdos, como uno de los viejos armarios de casa donde las pieles de su madre estaban guardadas. Se levantó medio sofocado con el abrazo.
—Ésta —ella susurró— es mi victoria —mientras un cohete estallaba, tiñendo de escarlata sus mejillas.