Orlando
Orlando Porque la vieja estaba enamorada. Y la Reina, que sabÃa muy bien lo que era un hombre, aunque dicen que no del modo usual, ideó para él una espléndida y ambiciosa carrera. Le dieron tierras, le asignaron casas. SerÃa el hijo de su vejez, el sostén de su debilidad; el roble en que apoyarÃa su degradación. Graznó estas esperanzas y esas curiosas ternuras autoritarias (ahora estaban en Richmond) sentada tiesa en sus duros brocados junto al fuego, que por más alto y cargado que estuviera nunca la podÃa calentar.
Mientras tanto, los largos meses de invierno se arrastraban. Cada árbol del Parque estaba revestido de escarcha. El rÃo fluÃa soñoliento. Un dÃa en que la nieve cubrÃa el suelo y los artesonados cuartos oscuros estaban llenos de sombras y los ciervos bramaban en el Parque, ella vio en el espejo, que siempre tenÃa a su lado por temor a los espÃas, por la puerta, que siempre estaba abierta por temor a los asesinos, un muchacho —¿serÃa Orlando?— besando a una muchacha —¿quién demonio serÃa la desorejada? Agarró la espada de empuñadura de oro y golpeó con fuerza el espejo. El cristal se rompió; acudieron corriendo; la levantaron y la repusieron en el sillón; pero después se quedó resentida y se quejaba mucho, mientras sus dÃas se acercaban al fin, de la falsedad de los hombres.