Orlando

Orlando

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Era tal vez culpa de Orlando; pero, con todo, ¿culparemos a Orlando? La época era la Época Isabelina, su moralidad no era la nuestra, ni sus poetas, ni su clima, ni siquiera sus legumbres. Todo era diferente. Hasta el tiempo, el calor y el frío del verano y del invierno, era, bien lo podemos creer, de otro temple. El amoroso día brillante estaba dividido de la noche tan absolutamente como la tierra del agua. Los ocasos eran más rojos y más intensos: el alba era más blanca y más auroral. De nuestras medias luces crepusculares y penumbras morosas nada sabían. La lluvia caía con vehemencia, o no llovía. Deslumbraba el sol o había oscuridad. Traduciendo esto a regiones espirituales como es su costumbre, los poetas cantaban bellamente la vejez de las rosas y la caída de los pétalos. El momento es breve, cantaban; el momento pasó; hay una larga noche única para que duerman todos. No era de ellos recurrir a los artificios del invernáculo para prolongar o preservar esas frescas rosas y claveles.







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