Orlando
Orlando Las marchitas complejidades y ambigüedades de nuestro tiempo más dudoso y gradual, les eran desconocidas. La violencia era todo. Se abría la flor y se marchitaba. Se levantaba el sol y se hundía. El enamorado amaba y se iba; los jóvenes traducían en la práctica las rimas de los poetas. Las muchachas eran rosas, y sus estaciones eran breves como las de las flores. Antes de la caída de la noche había que cortarlas; pues el día era breve y el día era todo. Si Orlando oyó las indicaciones del clima, de los poetas, del tiempo mismo, y cortó su flor en el antepecho de la ventana con el suelo nevado y la Reina vigilante en el corredor, no podemos culparlo. Era joven, era aniñado, hizo lo que la naturaleza le mandó hacer. En cuanto a la muchacha, ignoramos su nombre como lo ignoró la Reina Isabel. Pudo haber sido Doris, Cloris, Delia o Diana, porque él dedicaba versos a todas ellas; lo mismo pudo ser una azafata que una dama de la corte. Pues la afición de Orlando era amplia: no sólo le gustaban las flores de jardín: lo silvestre y las hierbas ejercían también su fascinación.