Orlando
Orlando Aquí, en verdad, revelamos rudamente, como lo puede un biógrafo, una curiosa característica suya, explicable tal vez por el hecho de que una de sus abuelas usaba delantal y acarreaba baldes de leche. En su delgada y fina sangre normanda había entremezcladas unas partículas de la tierra de Sussex o de Kent. Sostenía que la mezcla de tierra parda y de sangre azul era buena. Lo cierto es que siempre le agradó la compañía de gente baja, en particular la de hombres de letras cuyo ingenio tan a menudo les impide ascender, como si tuviera con ellos una simpatía de sangre. En esta época de su vida, en que su cabeza desbordaba de rimas y nunca se acostaba sin haber improvisado algún epigrama, la mejilla de la hija de un posadero le parecía más fresca, y el ingenio de la sobrina de un guardabosque más vivo que los de las damas de la Corte. De ahí que empezara de noche a frecuentar Wapping Old Stairs y las cervecerías, embozado en una capa gris para ocultar la estrella en el pecho y la jarretera en la rodilla. Ahí, con un jarro delante, entre los caminos enarenados y las canchas de bochas y toda la sencilla arquitectura de semejantes lugares, escuchaba cuentos de marineros sobre el rigor y los horrores y la crueldad en el Mar Caribe; cómo algunos habían perdido el dedo del pie, otro la nariz —pues el relato oral no era nunca tan redondeado o de color tan primoroso como el escrito. Particularmente le gustaba oírlos vociferar sus canciones de las Azores, mientras los papagayos que habían traído de esas regiones picoteaban los aros de las orejas, golpeaban con duros picos adquisitivos los rubíes de los dedos y juraban tan vilmente como sus dueños. Las mujeres eran apenas menos atrevidas en su discurso y menos libres en sus maneras que los pájaros. Se le sentaban en las rodillas, le echaban los brazos al cuello, y adivinando que algo fuera de lo común se escondía bajo su gruesa capa, estaban no menos ávidas que Orlando de apurar la aventura.