Orlando
Orlando No faltaban oportunidades. El río madrugaba y trasnochaba con barcazas, chalanas y embarcaciones de toda clase. Cada día zarpaba un hermoso barco rumbo a las Indias; de vez en cuando, venía dolorosamente a anclar uno negro y deshecho con hombres peludos y desconocidos a bordo. Nadie echaba de menos a un muchacho o una muchacha si se demoraban un poco a bordo después de la puesta del sol ni se azoraba si las habladurías referían que los habían visto dormir profundamente entre los fardos de oro en brazos uno de otro. Tal, en verdad, fue la aventura de Orlando, Sukey y el Conde de Cumberland. El día era caliente, sus amores habían sido activos; se quedaron dormidos entre los rubíes. En la alta noche el Conde, cuya fortuna estaba comprometida en las empresas españolas, vino solo a verificar el botín con una linterna. Proyectó la luz sobre un barril. Retrocedió con una maldición. Anudados encima del barril dormían dos espíritus. Supersticioso por naturaleza, cargada su conciencia de muchos crímenes, el Conde creyó que la pareja —estaban envueltos en un manto colorado y el pecho de Sukey era casi tan blanco como las nieves eternas de los versos de Orlando— era una aparición amonestadora surgida de las tumbas de marineros ahogados. Se santiguó. Hizo un voto de arrepentimiento. La hilera de asilos que todavía se pueden ver en el Sheen Road es el fruto perdurable de aquel pánico. Doce viejas menesterosas de la parroquia toman té y agradecen esta noche a su Señoría el techo que las cubre; de modo que un amor clandestino en un barco cargado de tesoro… pero suprimiremos la moral.