Orlando
Orlando Sin embargo, Orlando se cansó pronto, no sólo de la incomodidad de esta vida, y de las escabrosas calles de la vecindad, sino también de las costumbres bárbaras de la gente. Pues cabe recordar que la pobreza y el delito carecían para los isabelinos de la atracción que tienen para nosotros. Los hombres de aquel tiempo nada sabían de nuestra actual vergüenza de haber aprendido algo en un libro: nada de nuestra creencia de que es una bendición ser hijo de un carnicero y una virtud no saber leer; ningún prejuicio de que la «vida» y la «realidad» están ligadas de algún modo a la brutalidad y a la ignorancia; ni siquiera, un sinónimo de esas dos palabras.
Orlando no los frecuentó en busca de «vida» ni los abandonó en pos de la «realidad». Pero al cabo de escuchar muchas veces de qué manera Jakes perdió su nariz y Sukey su honor —y referían las historias admirablemente, debe admitirse— la repetición empezó a fatigarlo ligeramente, pues una nariz sólo puede cortarse de un modo y una virginidad perderse de otro —o así le pareció—, en tanto que las ciencias y las artes poseían una diversidad que le interesaba profundamente. Así, aunque conservándoles feliz recuerdo, dejó de frecuentar las cervecerías y las canchas de bochas, colgó la capa gris en el armario, dejó brillar la estrella en el pecho y la jarretera en la rodilla, y regresó a la Corte del Rey Jaime.