Orlando
Orlando Eso era un martes. Vino el miércoles; vino el jueves; vino el viernes; y vino el sábado. Es cierto que cada visita empezaba, continuaba o concluía con una declaración de amor, pero había mucho lugar entre ellas para el silencio. Se sentaban a cada lado del fuego, y a veces el Archiduque hacía caer las pinzas y Orlando las recogía. Entonces el Archiduque rememoraba cómo había muerto un alce en Suecia, y Orlando preguntaba si era un alce muy grande, y el Archiduque respondía que no era tan grande como el reno que había muerto en Noruega, y Orlando preguntaba si nunca había cazado un tigre y el Archiduque respondía que había matado un albatros, y Orlando preguntaba (disimulando un bostezo) si el albatros era del tamaño del elefante, y el Archiduque respondía —algo muy sensato, sin duda, pero Orlando no lo escuchaba, porque estaba mirando su escritorio, o por la ventana o la puerta. Después de lo cual el Archiduque decía: «Yo la adoro», en el preciso momento en que Orlando decía: «Mire, está empezando a llover», y los dos se ponían muy incómodos y colorados de vergüenza, y no atinaban a decir nada. La verdad es que Orlando había agotado todos los temas y si no se le hubiera ocurrido un juego que se llamaba Mosca Asentada, mediante el cual se pueden perder enormes sumas de dinero con muy poco gasto de ingenio, hubiera tenido que casarse con él, porque no le quedaba otro remedio para sacárselo de encima. Este recurso interesante y sencillo que sólo requería tres terrones de azúcar y un número razonable de moscas, evitó las incomodidades del diálogo y la necesidad del matrimonio. Ahora el Archiduque apostaba quinientas libras contra una ficha, a que una mosca se posaría en este terrón y no en aquél. Así tenían toda la mañana ocupada vigilando las moscas (que se aletargan mucho en esa estación y a veces pasan una o dos horas dando vueltas por el cielo raso), hasta que se decidía algún moscardón y acababa la partida. Muchos cientos de libras cambiaron de manos en ese juego, que el Archiduque, que era un jugador nato, declaró no inferior a las carreras de caballos, y juró que podía seguir para siempre. Pero Orlando empezó a fastidarse.