Orlando

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Empezó por aborrecer la sola vista del azúcar; las moscas la mareaban. Pensaba que tenía que haber algún medio de salir del paso, pero aún era torpe en las artes de su sexo, y como no podía desmayarlo de un golpe en la cabeza ni atravesarlo de una estocada, no se le ocurrió nada mejor que lo siguiente: Cazó una mosca, la aplastó suavemente (ya estaba medio muerta, o su amor a los animales no le hubiera permitido hacer eso) y la fijó con una gota de goma arábiga a un terrón de azúcar. Mientras el Archiduque miraba al techo, Orlando sustituía hábilmente ese terrón por el de su apuesta y gritaba «Gané, gané». Su intención era que el Archiduque, provisto de amplios conocimientos de sport y de carreras, descubriera el fraude, y como trampear en Mosca Asentada es el más detestable de los crímenes, y ha provocado la exclusión de muchas personas de la comunidad de sus semejantes, condenándolos a vivir entre monos en el trópico, calculaba que el Archiduque sería lo bastante hombre para rehusar cualquier trato con ella en lo sucesivo. Pero ella desconocía la candidez de ese amable aristócrata. No era entendido en moscas. Una mosca muerta le parecía más o menos igual a una mosca viva. Le hizo esa jugarreta veinte veces seguidas y perdió más de 17 250 libras (lo que equivale a 40 885 libras, 6 chelines, 8 peniques de la moneda actual) hasta que Orlando hizo trampa de un modo tan grosero, que hasta él lo vio. Cuando supo la cruel verdad, se produjo una escena penosísima. El Archiduque se puso de pie. Enrojeció. Las lágrimas rodaron por su cara, una a una. Que ella le hubiera ganado una fortuna no era nada —de buen grado se la ofrecía, que lo hubiera engañado ya era grave —le dolía pensar que fuera capaz de tal cosa, pero que hubiera hecho trampa en Mosca Asentada era imperdonable. Imposible, dijo, amar a una tramposa. Al llegar ahí se desarmó. Por suerte, dijo recobrándose un poco, no había testigos. Al fin, ella era una mujer. En una palabra estaba a punto de absolverla caballerescamente, y se había inclinado para solicitar el perdón de sus términos violentos, cuando Orlando, que quería concluir de una vez, aprovechó el instante en que doblaba su cabeza orgullosa, para dejar caer un sapito entre su camisa y su piel.


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