Orlando
Orlando Debemos hacerle justicia, declarando que ella hubiera preferido un estoque. Los sapos son muy pegajosos para tenerlos en la ropa toda una mañana. Pero si los estoques están prohibidos hay que recurrir a los sapos. Además los sapos y la risa logran a veces lo que el frío acero no logra. Ella se rió. El Archiduque se puso rojo. Se rió. El Archiduque dijo malas palabras. Se rió. El Archiduque dio un portazo.
«¡Alabado sea Dios!», dijo Orlando riéndose todavía. Oyó las ruedas de un carruaje que se iba del patio, furiosamente. Las oyó retumbar por el camino. Alejarse más y más. Perderse al fin.
«Estoy sola», dijo Orlando en voz alta, porque no había nadie que la escuchara.
Los sabios todavía no han confirmado que el silencio parezca más profundo después del ruido. En cambio, muchas mujeres jurarían que nunca es tan sensible la soledad como inmediatamente después de que a uno le hayan hecho el amor. Al desvanecerse el rodar del carruaje, Orlando sintió que se alejaba de ella un Archiduque (eso no le importaba), una fortuna (eso no le importaba), un título (eso no le importaba), la seguridad y el aparato del matrimonio (eso no le importaba), pero oyó que la vida se alejaba, y un amante. «La vida y un amante», murmuró, y yendo a su escritorio, mojó la pluma en la tinta y escribió: