Orlando
Orlando «La vida y un amante» —un verso fuera de metro y que no se enlazaba con lo anterior— algo sobre la mejor manera de bañar ovejas para evitar la sarna. Releyéndolo, se sonrojó y repitió en seguida:
«La vida y un amante». Luego dejó la pluma, entró en su dormitorio, se paró frente al espejo y se arregló las perlas en el cuello. Como las perlas no lucen bien sobre un vestido de algodón floreado, lo cambió por uno de tafetán gris paloma, luego por uno flor de durazno; luego por uno de brocado borra de vino. Tal vez necesitaba un poco de polvo, y el pelo —así— sobre la frente le sentaría. Calzó zapatos puntiagudos y se puso en el dedo un anillo con una esmeralda. «Ahora», dijo cuando ya todo estaba listo y encendió los candelabros de plata de cada lado del espejo. ¿Qué mujer no hubiera querido ver lo que vio Orlando arder en la nieve? —porque todo el espejo era un campo nevado, y ella era como un fuego, una zarza ardiente, y las luces de los cirios que la aureolaban eran hojas de plata, o también, el espejo era una agua verde, y ella era una sirena, recamada de perlas, una sirena en una gruta, cantando para que se asomaran los remeros, y se cayeran, se cayeran para abrazarla; tan morena, tan resplandeciente, tan dura, tan suave era, tan asombrosamente seductora que era una lástima que no hubiera nadie ahí para decirle de una vez: «Diantre, Señora, usted es la belleza en persona», lo que era cierto.