Orlando
Orlando Hasta Orlando (que no tenía vanidad personal) lo sabía, porque sonrió con esa involuntaria sonrisa de las mujeres cuando su propia belleza, que les parece ajena, se forma como una gota que cae, o un surtidor que sube, y les sale al encuentro en el espejo —esa sonrisa fue la suya y luego se quedó escuchando un momento y oyó la brisa entre las hojas y el pajar de los gorriones, y luego suspiró: «La vida, un amante», y giró sobre sus talones; se arrancó las perlas del cuello, y el raso de los hombros, se quedó en bombachas de seda negra como un gentilhombre cualquiera, y tocó la campana. Cuando vino el sirviente, ordenó que enganchara, en seguida, un coche de seis caballos. Negocios urgentes la solicitaban en Londres. A la hora de la partida del Archiduque, partía ella también.