Orlando

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Se instaló en esa casa y emprendió inmediatamente la busca de las dos cosas que anhelaba —la vida y un amante. La primera no era tan fácil; la segunda la encontró sin dificultad a los dos días de su llegada. Había llegado un martes. El jueves fue a pasear por la Alameda, como era entonces la costumbre de las personas de calidad. Apenas había dado una vuelta o dos cuando fue descubierta por un grupo de gente baja que iba para espiar a sus superiores. Al cruzarse con ellos, una mujer cualquiera que daba el pecho a una criatura se adelantó, se le encaró familiarmente y gritó: «¡Dios me favorezca, si ésta no es Lady Orlando!». Los que estaban con ella se agolparon y Orlando se encontró en el centro de una rueda de burgueses y almaceneros, ávidos todos de mirar a la heroína del afamado pleito. Tal era el interés que el asunto había despertado en el pueblo bajo. Orlando se hubiera encontrado en un grave aprieto —había olvidado que las damas no suelen pasearse solas en los lugares públicos— si un caballero de elevada estatura no se hubiera apresurado a ofrecerle su brazo. Era el Archiduque. Su vista la llenó de confusión y la divirtió al mismo tiempo. Este caballero magnánimo, no sólo la había perdonado, sino que, para demostrarle que no le guardaba rencor por su travesura con el sapito, había adquirido una joya de la forma precisa de ese batracio y le rogó que la aceptara con la seguridad de su pasión, mientras la reconducía a su coche.


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