Orlando
Orlando Con el apretón, con la joya, con el Duque, volvió a su casa en el peor de los humores. ¿Ya no era posible dar un paseo, sin que la asfixiaran, sin que le regalaran un sapo de esmeraldas, y sin que un Archiduque le hiciera un ofrecimiento matrimonial? Al día siguiente vio con mejores ojos el episodio al encontrar sobre la mesa del desayuno una docena de esquelas de las más encumbradas señoras del país —Lady Suffolk, Lady Salisbury, Lady Chesterfield, Lady Tavistock y otras— que le recordaban muy cortésmente los viejos lazos entre sus familias y la de ella, y aspiraban al honor de conocerla. Al otro día, que era un sábado, muchas de esas damas la visitaron personalmente. El martes, hacia el mediodía, sus lacayos le trajeron invitaciones a diversas veladas, cenas y reuniones próximas, y sin tardanza, pero no sin estrépito y sin espuma, Orlando se embarcó en las aguas de la sociedad londinense.