Orlando
Orlando Describir puntualmente esa sociedad en ése o en cualquier otro momento, excede los recursos del historiador o del biógrafo. Sólo los escritores que necesitan poco la verdad, y no tienen respeto por ella —los poetas y los novelistas— pueden hacerlo, pues éste es uno de los casos en que no existe la verdad. Nada existe. Todo es un espejismo, una emanación. Para decirlo de una vez —Orlando regresaba a las tres o a las cuatro de la mañana con las mejillas como un árbol de Navidad y los ojos como luceros. Desataba un encaje, recorrÃa su cuarto de arriba abajo, desataba otro encaje, se detenÃa, y vuelta a caminar. A veces ya resplandecÃa el sol alto sobre las chimeneas de Southwark antes que ella se resolviera a meterse en cama, y ahà se quedaba dándose vueltas, riéndose y suspirando por una hora o más, antes de conciliar el sueño. ¿Y todo por qué? La sociedad. ¿Y qué habÃa dicho o hecho la sociedad para trastornar de ese modo a una dama razonable? Nada, en una palabra. Por más que torturara su memoria, Orlando no recuperaba jamás una sola cosa que fuera, realmente, algo. Lord O. habÃa estado galante. Lord A., cortés. El Marqués de C., encantador. El Señor M., entretenido. Pero cuando trataba de precisar esa galanterÃa, esa cortesÃa, ese encanto, o ese entretenimiento, le parecÃa estar desmemoriada, porque nada podÃa señalar. Era siempre lo mismo. Nada quedaba para el dÃa siguiente, pero la excitación del momento era interesante. Arribamos asà a la conclusión de que la sociedad es uno de esos ponches que las expertas amas de casa sirven hirviendo en Navidad, y cuyo sabor depende de la adecuada mezcla y agitación de una docena de ingredientes. Pruebe uno sólo y resulta insÃpido. Pruebe a Lord A., Lord O., Lord C., o Mr. M. y separadamente son nulos. AgÃtelos a un tiempo, y producirán el sabor más embriagador, la más seductora de las esencias. Pero esa seducción, esa embriaguez, eluden nuestro análisis. ¡En el mismo instante, la sociedad es todo y es nada! La sociedad es la mixtura más potente del mundo y la sociedad no existe. Con tales monstruos sólo los novelistas y los poetas pueden lidiar, con tales todos-nadas rellenan desaforadamente sus obras; a ellos, pues, se los entregamos con la mejor voluntad del mundo.