Orlando
Orlando Por consiguiente, imitando el ejemplo de nuestros predecesores, nos limitaremos a decir que la sociedad en el tiempo de la Reina Ana era de un brillo incomparable. Ser admitida en ella era el anhelo de toda persona bien nacida. Los refinamientos eran supremos. Los padres instruían a los hijos, las madres a las hijas. No había educación completa para ambos sexos que no incluyera la ciencia de los modales, el arte de saludar y hacer reverencias, el manejo de la espada y del abanico, el cuidado de la dentadura, la conducta de la pierna, la flexibilidad de la rodilla, los verdaderos métodos de entrar y salir de un salón, con mil etcéteras, que inmediatamente se le ocurrirán a cualquiera que ha estado en sociedad. Desde que Orlando había conseguido el elogio de la Reina Isabel por su manera de entregarle un bol de agua de rosas, cuando era niño, podemos suponer que era todavía lo bastante hábil para ser aprobada. Pero sus distracciones la hacían, a veces, parecer torpe; solía pensar en la poesía en lugar de pensar en el Pekín; su andar era quizás un poco desgarbado para una mujer; y sus gestos, abruptos, podían amenazar la seguridad de una taza de té.