Orlando
Orlando A la tercera visita de Orlando, ocurrió un incidente. Ella seguía con su ilusión de escuchar los más brillantes epigramas del mundo, aunque a decir verdad, el viejo general C. estaba revelando, con alguna prolijidad, el trayecto preciso de la gota desde su pierna izquierda hasta su pierna derecha, y Mr. L. interrumpía cada vez que se mencionaba un nombre propio: «¿B.? Lo conozco a Billy B. como mis manos. ¿S.? El hombre que más quiero. ¿E.? Pasamos una quincena juntos en Yorkshire» —lo cual, tal es la fuerza de la ilusión, parecía la réplica más ingeniosa, el comentario más penetrante sobre la vida humana, y mantenía la reunión en una carcajada perpetua, cuando se abrió la puerta y entró un caballerito cuyo nombre no atrapó Orlando. En el acto una impresión extrañamente incómoda la invadió. A juzgar por sus caras los otros la sintieron también. Un caballero declaró que había una corriente de aire. La Marquesa de C. temió que un gato se hubiera introducido bajo el sofá. Era como si abrieran los ojos después de un lindo sueño y no encontraran más que un lavatorio barato y una frazada sucia. Era como si los dejaran los vapores de un delicioso vino. El general seguía conversando y seguía rememorando Mr. L. Pero el rojo cogote del general era cada vez más visible, y la calva reluciente de Mr. L. En cuanto a lo que decían —nada más aburrido y más trivial podía imaginarse. Todos estaban incómodos y las damas bostezaban detrás de sus abanicos. Al fin Lady R. dio un golpecito con el suyo en el brazo de un sillón. Los dos interlocutores callaron.