Orlando
Orlando La verdad —si nos atrevemos a usar esa palabra para ese tema— es que esos grupos de personas están como hechizados. La dueña de casa es la Sibila de hoy. Es una bruja que echa un sortilegio a sus huéspedes. En tal casa se creen felices; en tal otra ingeniosos, en una tercera profundos. Todo es una ilusión (lo cual no significa un reproche, porque las ilusiones son lo más necesario y lo más precioso que hay en el mundo, y quien puede crear una sola es un máximo bienhechor), pero como es sabido que las ilusiones se hacen pedazos en cuanto las toca la realidad, la verdadera dicha, el verdadero ingenio, la verdadera profundidad no se toleran donde la ilusión prevalece. Tal es la clave de por qué Mme. du Deffand sólo dijo tres frases ingeniosas en cincuenta años. Si hubiera dicho una sola más, habrÃa aniquilado su tertulia. La ocurrencia, al dejar sus labios, arrasó la conversación, como una bala de cañón que troncha las margaritas y las violetas. Cuando pronunció su afamado «mot de Saint Denis», hasta el pasto se chamuscó. El desencanto y la desolación lo siguieron. No se dijo ni una palabra. «¡Ahórrenos otro semejante, Madame, por amor de Dios!», gritaron al unÃsono sus amigos. Y ella acató ese ruego. Durante diecisiete años no dijo nada memorable, y todo anduvo bien. El hermoso tapiz de la ilusión quedó intacto en su cÃrculo como estaba intacto en el cÃrculo de Lady R. Los huéspedes creÃan ser felices, creÃan ser ingeniosos, creÃan ser profundos, y como lo creÃan, otras personas lo creÃan aún más; y asà se propaló que nada podÃa igualar el encanto de las tertulias de Lady R.; todos tenÃan envidia de quienes participaban en ellas; los que participaban se envidiaban porque los envidiaban los otros; y aquello parecÃa no tener fin —salvo el que pasaremos a referir.