Orlando
Orlando Por eso Orlando entró en el salón con un gran temor. Los invitados formaban un semicírculo alrededor del fuego. En el centro, en un gran sillón, estaba sentada Lady R., una señora no muy joven, morena, con una mantilla de encaje negro. Así, aunque algo sorda, podía dirigir la conversación a derecha e izquierda. A derecha e izquierda tenían asiento hombres y mujeres destacadísimos. Cada hombre, se decía, había sido Primer Ministro y cada mujer, se susurraba, había sido la querida de un rey. Lo cierto es que todos eran brillantes, y todos eran célebres. Orlando ocupó su lugar con una gran reverencia silenciosa… A las tres horas, hizo otra reverencia y se fue.
Pero, interrogará mi lector con algún fastidio, ¿qué había sucedido entretanto? En tres horas, en una reunión como ésta deben de haberse dicho las cosas más interesantes del mundo. Así parecería. Pero el hecho es que no se dijo nada. Se trata de un curioso rasgo que comparten con las tertulias más brillantes que el mundo ha visto. La vieja Madame du Deffand y sus amigos hablaron cincuenta años sin parar. Y de todo eso, ¿qué sobrevive? Tal vez, tres frases ingeniosas. Por consiguiente, es lícito suponer que no dijeron nada o que no dijeron nada ingenioso, o que esas tres frases ingeniosas llenaron dieciocho mil doscientas cincuenta noches, lo que no significa un apreciable porcentaje de ingenio para cada uno de ellos.