Orlando

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Orlando tiró la segunda media detrás de la primera y se metió en cama lóbregamente, jurando renunciar para siempre a la sociedad. Pero ese juramento, como tantos otros de Orlando, resultó prematuro. Al despertarse al otro día, encontró entre las habituales invitaciones sobre la mesa, una de cierta gran dama, la Condesa de R. Después del juramento de la víspera, sólo podemos explicar la conducta de Orlando —despachó un mensajero a toda prisa a R. House aceptando con entusiasmo la invitación— por el hecho de que se hallaba aún bajo la influencia de tres palabras melodiosas, que había dejado caer en su oído, en la cubierta de la Enamoured Lady, el capitán Nicholas Benedictus Bartolus mientras remontaban el Támesis: Addison, Dryden, Pope, había dicho, señalando al Cacao Silvestre, y Addison, Dryden, Pope habían seguido tintineando en su cráneo como una encantación. ¿Quién dará crédito a esa locura?, pero así era. Del todo inútil su experiencia con Nick Greene. Tales nombres ejercían sobre ella una fascinación poderosa. En algo, posiblemente, hay que creer, y puesto que Orlando (ya lo dijimos) no creía en las divinidades comunes, había depositado toda su credulidad en los grandes hombres; pero con un distingo. Los almirantes, los soldados, los estadistas no la tocaban. Pero el solo pensamiento de un gran escritor enardecía de tal modo su fe que hasta lo creía invisible. Su instinto era seguro. Sólo podemos creer enteramente en lo que no podemos ver. El vistazo de esos grandes hombres desde la cubierta del barco era una especie de visión. Era dudoso que la taza fuera de porcelana y la gaceta de papel. Cuando Lord O. mencionó un día que había cenado la víspera con Dryden, no quiso creerlo. El salón de Lady R. tenía fama de ser la antecámara del santuario del genio; era el lugar donde hombres y mujeres se congregaban a agitar incensarios y cantar himnos al busto del genio en un nicho. A veces, el Dios mismo se dignaba aparecer un momento. Sólo la inteligencia daba derecho a la admisión y nada se decía (según se cuenta) que no fuera ingenioso.


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