Orlando
Orlando De nuevo los rodeaba la sombra, y su cólera decreció en cuanto no distinguió sino las rodillas del poeta.
«Pero la miserable soy yo —reflexionó de nuevo en plena oscuridad—, pues por abyecto que tú seas, ¿no soy yo acaso más abyecta? Tú me alimentas y proteges, tú espantas las fieras, tú atemorizas al salvaje, tú me has tejido trajes con la seda de los gusanos, y alfombras con la luna de las ovejas. Si siento necesidad de adorar, ¿no me has dado una imagen de ti mismo y la has instalado en el cielo? ¿No encuentro acaso en todas partes las pruebas de tu afán? ¡Qué humilde, qué agradecida, qué dócil debo yo ser entonces! Que toda mi alegrÃa esté en servirte, en honrarte, en obedecerte».
Aquà llegaron al gran farol en la esquina de lo que ahora es Piccadilly Circus. La luz la deslumbró, y vio además de unos seres degradados de su propio sexo, dos pigmeos miserables, en un paÃs desierto. Ambos estaban desnudos, solitarios, indefensos. No podÃan hacer nada el uno por el otro. Cada uno era una carga para sà mismo. Mirando bien de frente a Mr. Pope, «es igualmente vano —pensó—, que tú sueñes en protegerme, o yo en adorarte. La luz de la verdad cae sobre nosotros sin una sombra, y la luz de la verdad nos sienta muy mal».