Orlando
Orlando Todo ese tiempo, es claro, habían conversado agradablemente, como lo hace la gente educada y bien nacida, sobre el mal genio de la Reina, y la gota del primer ministro, mientras el carruaje alternaba la luz y la sombra por el Haymarket, por el Strand, por Fleet Street, y llegaba, al fin, a la casa de Orlando en Blackfriars. Hacía rato que los intervalos de sombra entre los faroles eran más claros y los faroles menos brillantes —es decir, estaba amaneciendo y había esa luz igual pero confusa de una mañana de verano, en que todo se ve, pero nada se ve con claridad. Se apearon, Mr. Pope le dio la mano para bajar, y Orlando consiguió que Mr. Pope entrara antes que ella en la casa, con el más exquisito acatamiento de los ritos sociales.
El párrafo anterior no debe autorizarnos a suponer que el genio (pero esa enfermedad ha sido extirpada en las Islas Británicas, y hay quienes dicen que el finado Lord Tennyson fue el último caso) está siempre encendido, porque entonces todo lo veríamos claro y correríamos el riesgo de morir fulminados. El genio funciona más bien como un faro, que envía un rayo y se detiene por un tiempo: salvo que es harto más caprichoso y puede proyectar seis o siete rayos seguidos (como hizo Mr. Pope esa noche) y después extinguirse durante un año o para siempre. Por consiguiente es imposible guiarse por esos rayos, y parece que los hombres de genio, cuando están apagados, son como los demás.