Orlando
Orlando El hecho fue una suerte para Orlando, aunque al principio la decepcionó, pues ahora dio en andar mucho entre hombres de genio. No diferían tanto de nosotros como podríamos pensar. Addison, Pope, Swift, descubrió, eran muy afectos al té. Gustaban de las glorietas. Coleccionaban pedacitos de vidrios de colores. Adoraban las grutas. No les desagradaban los títulos. El elogio les encantaba. Un día usaban trajes color ciruela y otro día grises. Mr. Swift tenía un hermoso bastón de malaca. Mr. Addison perfumaba sus pañuelos. A Mr. Pope le solía doler la cabeza. Los chismes no dejaban de entretenerlos. No carecían de envidia. (Estamos apuntando al azar algunas reflexiones que se le ocurrieron a Orlando). Al principio, se reprochaba su atención a tales bagatelas, y adquirió un cuaderno para anotar sus dichos memorables, pero las páginas quedaron en blanco. De todos modos, Orlando se entusiasmó, y dio en hacer pedazos las invitaciones sociales; se reservó las tardes, y vivió en la continua expectativa de las visitas de Mr. Pope, de Mr. Addison, de Mr. Swift, etc., etc. Si el lector quiere consultar El rapto del rizo, El espectador o Los viajes de Gulliver, comprenderá precisamente lo que quieren decir esas misteriosas palabras. En verdad, los biógrafos y los críticos podrían ahorrarse todo su trabajo si los lectores escucharan este consejo. Porque al leer:
Whether the Nymph shall break Diana’s Law,
Or some frail China Jar receive a Flaw,