Orlando
Orlando «Dios mÃo —pensó esgrimiendo las tenacillas—, ¡qué envidia que tendrán las mujeres del porvenir! Y sin embargo», se detuvo, pues tenÃa que atender a Mr. Pope. Y sin embargo —completemos su idea— cuando alguien dice «¡Qué envidia me tendrá el porvenir!», es seguro que ese alguien está incomodÃsimo en el presente. ¿Era tan intensa esa vida, tan halagüeña, tan gloriosa como la describÃan luego los biógrafos? Por una parte Orlando detestaba el té; por otra, el genio, divino como es y adorable, suele alojarse en las envolturas más sórdidas, y a veces, ¡ay de mÃ!, devora las otras facultades, de suerte que donde la Mente es mayor, el Corazón, los Sentidos, la Grandeza de Alma, la Caridad, la Tolerancia, la Buena Voluntad, y el resto casi no pueden respirar. De ahà la alta opinión que tienen de sà mismos los poetas; de ahà la tan baja que tienen de otros; de ahà las enemistades, injurias, envidias y epigramas que los atarean continuamente; de ahà la rapidez con que los reparten, de ahà su rapacidad para exigir simpatÃa; todo esto, lo diremos en voz baja, para que los intelectuales no se enteren, hace que servir el té sea un ejercicio más problemático, y en verdad, más arduo que lo que suele suponerse. A esto se añade (volvemos a bajar la voz para que las mujeres no se enteren) un secretito que los hombres comparten; Lord Chesterfield se lo confió a su hijo bajo el más estricto secreto: «Las mujeres no son más que niños grandes… El hombre inteligente sólo se distrae con ellas, juega con ellas, procura no contradecirlas y las adula». Como los niños invariablemente oyen lo que no deben y a veces llegan a ser grandes, el secreto se ha divulgado y la ceremonia de servir el té es curiosÃsima.