Orlando
Orlando Eran ingeniosÃsimos también (pero su ingenio está en sus libros) y le enseñaron lo esencial del estilo, que es el tono corriente de la voz —una virtud que nadie puede imitar sin haber oÃdo, ni siquiera Greene, con toda su destreza; porque nace del aire, se quiebra como una ola contra los muebles, rueda y se desvanece y es irrecuperable, sobre todo por quienes aguzan el oÃdo medio siglo después. Todo eso le enseñaron, con la sola cadencia de sus voces en la conversación; de suerte que modificó un poco su estilo, y escribió algunos versos muy agradables y algunos retratos en prosa. Y asà les prodigaba su vino y les ponÃa billetes de banco (que ellos amablemente guardaban) debajo de sus platos en la comida, y aceptaba sus dedicatorias, y se consideraba honradÃsima con el cambio.
Asà pasaba el tiempo, y Orlando solÃa decirse con un énfasis que era tal vez algo sospechoso: «Palabra de honor, ¡qué vida es ésta!» (Porque todavÃa estaba a la busca de ese artÃculo). Pero las circunstancias quisieron que ella mirara más de cerca el asunto.
Un dÃa le estaba sirviendo té a Mr. Pope, que (como cualquiera puede inferir de los versos citados) estaba hecho un ovillo en su asiento, siguiéndola con los ojos brillantes.