Orlando

Orlando

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«Gocé de una perfecta Salud del Cuerpo y Tranquilidad del Espíritu; no encontré la Traición o la Inconstancia de un Amigo, o las Injurias de un Enemigo declarado o secreto. No debí sobornar, adular o alcahuetear, para procurar el Favor de un Poderoso o de su Privado. No necesité ninguna Barrera contra la Tiranía o el Fraude; no había un Médico para destruir mi Cuerpo, ni un Abogado para arruinar mi Fortuna; ni Delator para vigilar mis Palabras y Actos, o fraguar Acusaciones contra mí por Dinero; no había Mofadores, Calumniadores, Rateros, Bandoleros, Ladrones, Jueces, Encubridores, Bufones, Tahúres, Políticos, Talentos, tediosos Charlatanes aburridos…».

Basta, basta. ¡Detén esa avalancha de hierro que acabará por desollarnos vivos a todos, y a ti también! Nada más claro que ese hombre violento. Es tan grosero, y sin embargo, tan limpio; tan brutal y tan bondadoso. Desprecia al mundo entero, pero le hace mimos a una nena y morirá, ¿quién lo duda?, en un manicomio.

Así, Orlando les servía el té, y a veces, cuando el tiempo era hermoso, se los llevaba al campo, y los agasajaba como reyes en el Salón Redondo, donde tenía los retratos de todos ellos colgados en círculo, para que Mr. Pope no pudiera alegar que Mr. Addison lo precedía, o viceversa.


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