Orlando
Orlando Era una hermosa noche de principos de abril. Miles de estrellas mezcladas con la claridad de una luna nueva (a su vez reforzada por los faroles) daban una luz que favorecía infinitamente el rostro del hombre y la arquitectura de Mr. Wren. Todo se manifestaba del modo más tierno, pero cuando estaba a punto de disolverse, una gota de plata lo animaba y lo definía. Así debería ser la conversación, pensó Orlando (dejándose llevar por un sueño absurdo); así la sociedad, así la amistad, así el amor. Porque —Dios sabrá la razón— en cuanto hemos perdido toda fe en el comercio humano, la disposición casual de unos galpones y de unos árboles o una parva y un carro nos proponen un símbolo tan perfecto de lo inalcanzable que recomenzamos la busca.