Orlando
Orlando Con estas meditaciones entró en Leicester Square. Los edificios tenÃan esa simetrÃa ligera pero precisa que sólo les otorga la noche. El dosel del cielo parecÃa hábilmente desteñido para destacar los contornos de las chimeneas y de los techos. En el medio de la plaza habÃa un plátano, bajo el plátano un banco, en el banco una muchacha afligida (un brazo pendiente, el otro descansando en su regazo) que era la imagen misma de la gracia, la sencillez y la desolación. Orlando barrió el suelo con su sombrero como si saludara a una gran dama en un lugar público. La muchacha levantó la cabeza. Era del más exquisito dibujo. La muchacha levantó los ojos. Orlando vio que eran de un brillo que se observa a veces en las teteras pero muy rara vez en el rostro humano. A través de esa pátina de plata la muchacha lo miró (para ella era un hombre) con esperanza, con imploración, con temblor, con miedo. Se levantó; aceptó su brazo. Porque —¿debemos decirlo?— era de la tribu que noche a noche bruñe su mercaderÃa y la exhibe a la espera del mejor postor. Llevó a Orlando a su pieza en Gerrard Street. Al sentirla en su brazo, levemente pero como quien está suplicando, Orlando recobró los sentimientos propios de un hombre. Miró, sintió, habló como un hombre. Sin embargo, como habÃa sido una mujer hasta hace muy poco, sospechó que la timidez de la muchacha, y sus contestaciones vacilantes, y su torpeza con la llave en la cerradura, y el pliegue de su abrigo y el abandono de su mano, eran simulaciones destinadas a lisonjear su hombrÃa. Subieron, y el trabajo que se habÃa tomado la pobre para arreglar su cuarto y disimular el hecho de que era el único, no engañó a Orlando ni por un momento. La farsa provocó su desdén —la verdad su lástima. Una cosa trasluciéndose por la otra engendró el sentimiento más confuso; ya Orlando no sabÃa si reÃr o llorar. Nell, mientras tanto, se desabrochó los guantes; ocultó cuidadosamente el pulgar de la mano izquierda que estaba sin zurcir; luego, se retiró detrás de un biombo, donde tal vez se pintó las mejillas, se arregló la ropa, y se puso al cuello un pañuelo nuevo —charlando todo el tiempo como las mujeres lo hacen para distraer a su amante, aunque Orlando hubiera jurado, por el tono de su voz, que sus pensamientos estaban lejos. Cuando todo estuvo listo, apareció preparada —pero aquà Orlando ya no dio más. Con una extraña agitación de cólera, de gozo y de lástima, arrojó el disfraz y declaró que era una mujer. Nell prorrumpió en tales carcajadas que llegaron, sin duda, al otro lado de la calle.