Orlando
Orlando Averiguó que esas infelices (porque Nell trajo a Prue, y Prue a Kitty, y Kitty a Rose) tenían su propio círculo, al que la admitieron ahora. Cada una refería las aventuras que la habían conducido a esa profesión. Varias eran hijas naturales de condes y una tenía más intimidad con la persona Real que lo debido. Ninguna, por infeliz o pobre que fuera, carecía de un pañuelo o de un anillo que le servía de árbol genealógico. Hacían rueda en torno del ponche que Orlando se encargaba de suministrar con largueza, y fueron muchas las historias que refirieron y las ocurrencias que tuvieron, porque no se puede negar que cuando las mujeres se juntan —pero, chis— cierran muy bien las puertas para que no llegue a la imprenta ni una sola palabra de lo que dicen. Todo lo que deseamos es —pero, chis—, ¿no se oye en la escalera el paso de un hombre? Estábamos por decir lo que desean, cuando ese caballero nos sacó las palabras de la boca. Las mujeres carecen de deseos, dice este caballero, entrando en la salita de Nell: sólo simulaciones. Sin deseos (ya lo ha servido Nell y se ha ido) su conversación no puede interesar a nadie: «Es bien sabido —afirma el señor S. W.— que cuando les falta el estímulo de otro sexo, las mujeres no tienen nada que decirse. Cuando están solas no conversan, se arañan». Y desde que no pueden conversar y no pueden arañarse indefinidamente y (como el señor T. R. lo ha demostrado) «son incapaces de sentimientos afectuosos para su propio sexo y mutuamente se detestan», ¿qué supondremos que hacen las mujeres cuando se reúnen?