Orlando

Orlando

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Una noche, después de una escapada, volvió a su casa y subió al dormitorio. Se quitó la casaca con encajes y se quedó mirando por la ventana, en mangas de camisa. Había una inquietud en el aire que le prohibía acostarse. La neblina blanca cubría la ciudad, porque era una noche helada en pleno invierno, y una vista magnífica la rodeaba. Podía ver la Catedral de San Pablo, la Torre, la Abadía de Westminster y todas las agujas y cúpulas de las iglesias centrales, el blando contorno de las márgenes del río, las curvas amplias y opulentas de los edificios. Al norte se elevaban las dulces y segadas colinas de Hampstead; al oeste las calles y las plazas de Mayfair se definían en un claro resplandor. Brillantes, duras, positivas, las estrellas miraban ese panorama disciplinado y sereno, desde un cielo sin nubes. En la suma claridad del aire se percibía la arista de cada techo, el sombrero de cada chimenea; hasta las piedras del pavimento se distinguían una de otra, y Orlando comparó sin querer el orden de ese espectáculo con el caserío agazapado y confuso que había sido la ciudad de Londres en el reinado de Isabel. Entonces la ciudad (para de algún modo llamarla) era un mero tropel de casas amontonadas, bajo sus ventanas de Blackfriars. Las estrellas se duplicaban en hondos baches de agua estancada en medio de la calle. Una sombra negra en la esquina donde había estado la taberna, era tal vez el cadáver de un asesinado. Recordaba el gritar de más de un herido en esas peleas nocturnas, cuando ella era un niño, y la sirvienta lo asomaba a los vidrios en forma de losange. Bandas de forajidos, hombres y mujeres, indeciblemente enlazados, embestían las calles, vociferando cantos desaforados, con joyas centelleando en las orejas y dagas rebrillando en los puños. En noches como éstas, el entrevero impenetrable de las forestas de Highgate y de Hampstead, se perfilaba contra el cielo complejo y retorcido. Aquí y allá, en la cumbre de una colina, había una horca tiesa, con un muerto clavado pudriéndose o secándose en la cruz; porque la inseguridad y el peligro, la lujuria y la violencia, la poesía y la basura, hormigueaban en los caminos reales isabelinos y zumbaban y apestaban —a Orlando le parecía estar sintiendo el olor de las noches calientes— en los cuartos chicos y pasajes angostos de la ciudad. Ahora —al asomarse a la ventana— todo era luz, orden, serenidad. Se oía el rodar de un carruaje sobre las piedras.


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