Orlando
Orlando No hubo jamás un espectáculo más atrayente. Hubiera querido gritar: ¡Bravo, bravo! Porque, en verdad, qué drama más hermoso —¡qué página arrancada del más copioso volumen de la vida humana! Ahà estaba la sombrita de labios salidos que no se aquietaba un segundo en la silla, incómoda, petulante, servil; ahà estaba la encorvada sombra de mujer encajando un dedo en la taza para saber hasta dónde llegaba el té, porque era ciega; ahà estaba la sombra corpulenta de aire romano en el gran sillón: el hombre que se torcÃa los dedos de manera tan rara y movÃa la cabeza de un lado a otro y consumÃa el té en amplios tragos. El doctor Johnson, Mr. Boswell y Mrs. Williams —asà se llamaban las sombras. Orlando quedó tan embobada mirándolas que no pensó en la envidia que le tendrÃan los siglos venideros, aunque la conjetura, en este caso, no era injustificada. Era feliz mirando y mirando. Al fin Mr. Boswell se levantó. Saludó a la vieja con acritud. Pero con qué humildad se inclinó ante la vasta sombra romana, que se puso de pie, y, con un majestuoso rolido, emitió los perÃodos más soberbios que salieron jamás de labios mortales; asà le parecieron a Orlando, aunque no oyó ni una palabra de cuanto las tres sombras decÃan mientras tomaban el té.