Orlando

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Cinco

La enorme nube que pendía no sólo sobre Londres, sino sobre todo el territorio de las Islas Británicas el primer día del siglo diecinueve, se detuvo (mejor dicho, no se detuvo, porque la empujaban de un lado a otro ráfagas tempestuosas) lo suficiente para producir efectos extraordinarios en aquellos que vivían bajo su sombra. El clima de Inglaterra parecía otro. Llovía con frecuencia, pero sólo en aguaceros caprichosos, que volvían a empezar apenas concluían. Brillaba el sol, naturalmente, pero lo embozaban tanto las nubes en una atmósfera tan saturada de agua, que sus rayos eran descoloridos; y púrpuras anaranjados y rojos de carácter opaco reemplazaron los paisajes inequívocos del siglo dieciocho. Bajo ese dosel amoratado y huraño, el verde de los repollos era menos intenso, y el blanco de la nieve estaba sucio. Pero —y eso es lo peor— la humedad empezó a meterse en las casas; la humedad, el enemigo más insidioso, porque si al sol lo podemos excluir con persianas y a la helada con un buen fuego, la humedad penetra mientras dormimos; la humedad es callada, ubicua, invisible. La humedad hincha la madera, enmohece la pava, herrumbra el hierro, pudre la piedra. Tan lento es el proceso, que ni siquiera sospechamos el mal hasta que al levantar una cómoda o el balde del carbón, se nos cae a pedazos de las manos.


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