Orlando

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Así, de un modo imperceptible y furtivo, sin que nadie supiera la precisa fecha o la hora, el clima de Inglaterra cambió y nadie lo supo. Los efectos se sintieron en todas partes. El hacendado recio, que había despachado alegremente su comida de rosbif y cerveza negra en un cuarto planeado tal vez por los hermanos Adam, con dignidad clásica sentía ahora escalofríos. Aparecieron las mantas, después las barbas; los pantalones se ajustaron bajo el empeine. El chucho de las piernas del caballero se corrió a toda la casa; hubo que enfundar los muebles, tapizar las paredes y recubrir las mesas; nada quedó desnudo. El crumpet fue inventado, y el muffin. El café sustituyó al oporto del postre. Y como el café condujo a un salón y el salón a fanales de cristal y los fanales de cristal a flores de cera, y las flores de cera a chimeneas con repisa y las chimeneas con repisa a pianos de cola, y los pianos de cola a romanzas de salón, y las romanzas de salón (salteando un eslabón o dos) a innumerables perritos, carpetas, y adornos de porcelana, el hogar —que se había hecho muy importante— cambió del todo.






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