Orlando

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En el exterior de la casa —otro efecto de la humedad— creció la hiedra con una profusión sin igual. Las paredes, hasta entonces de piedra desnuda, quedaron sofocadas por el follaje. Ningún jardín por riguroso que fuera su primitivo plan, se libró de un almácigo, de un «bosque», de un laberinto. La escasa luz que penetraba en los dormitorios donde nacían los niños era, ya se comprende, de un verde turbio, y la luz que llegaba a los salones donde estaban los hombres y las mujeres tenía que atravesar cortinas de felpa violeta o parda. Pero el cambio no se detuvo en lo exterior. La humedad hirió adentro. Los hombres sintieron frío en el corazón y humedad en el alma. En el desesperado esfuerzo de abrigar de algún modo sus sentimientos, agotaron todos los subterfugios. El amor, el nacimiento y la muerte fueron arropados en bellas frases. Los sexos se distanciaron más y más. Por ambas partes se practicaron la disimulación y el rodeo.








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