Orlando
Orlando Al desenfreno externo de la hiedra y de la siempreviva en la tierra húmeda, correspondió adentro otra fecundidad. La vida normal de la mujer era una sucesión de partos. Se casaba a los diecinueve años, y a los treinta ya había tenido quince o dieciocho hijos, porque abundaban los gemelos. Así nació el Imperio Británico; así —porque no hay cómo detener la humedad; se mete en el tintero como en el maderamen— se inflamaron los párrafos, se multiplicaron los adjetivos, las piezas líricas se convirtieron en poemas épicos, y las bagatelas de una columna en enciclopedias de diez o veinte tomos. Pero Eusebius Chubb será testimonio del efecto que esto ejercía en la mente de un hombre sensible, incapaz de detenerlo.