Orlando

Orlando

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Hay un pasaje al fin de sus memorias que describe cómo, luego de componer treinta y cinco páginas infolio, una mañana «sobre nada en particular», atornilló la tapa de su tintero y ensayó una vuelta por el jardín. Pronto se perdió en el almácigo; innumerables hojas crujían y brillaban sobre su cabeza. Le parecía «estar pisando el polvo de un millón de hojas más». Una humareda espesa brotaba de una fogata húmeda en el fondo del jardín. Pensó que no había fuego en la tierra capaz de consumir esa desaforada marea vegetal. Por todas partes la vegetación pululaba. Los pepinos «se atrepellaban en la hierba hasta sus pies». Coliflores gigantes se erguían escalonadas, hasta rivalizar en su imaginación ofuscada, con los mismos álamos. Las gallinas no cesaban de poner huevos sin color especial. Entonces, recordando con un suspiro su propia fecundidad y a Jane, su pobre esposa, ahora en las ansias de su parto decimoquinto, se preguntó: ¿qué culpa tienen las aves? Elevó los ojos al firmamento. El mismo cielo, o ese gran frontispicio del cielo, que es el firmamento, ¿no indicaba acaso la aprobación, mejor dicho, el estímulo de la jerarquía celestial? Porque ahí, verano e invierno, año tras año, las nubes daban vueltas y vueltas como ballenas, o como elefantes más bien; pero no, imposible eludir la comparación que le imponían mil hectáreas de cielo: el firmamento desplegado sobre las Islas Británicas no era otra cosa que un enorme colchón de pluma; y la confusa fecundidad del jardín, de la alcoba y del gallinero era sólo su copia. Entró, escribió el pasaje antes citado, metió la cabeza en un horno a gas, y cuando lo encontraron más tarde, ya estaba muerto.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker