Orlando
Orlando Pero cuál no fue su sorpresa, cuando el rayo de sol, al herir la tierra, hizo surgir o iluminó una pirámide, hecatombe o trofeo (tenÃa un aire de mesa de banquete), una acumulación, digamos, de los objetos más heterogéneos y disparatados, encimados a lo loco en el sitio exacto donde se eleva ahora la estatua de la Reina Victoria. De una vasta cruz con florones de oro afiligranado pendÃan velos de novia y crespones de viuda; enganchados a otros salientes habÃa palacios de cristal, cunas de mimbre, yelmos militares, coronas fúnebres, pantalones, patillas, tortas de boda, artillerÃa, árboles de navidad, telescopios, animales prehistóricos, globos terráqueos, mapas, elefantes, compases y teodolitos, el todo sostenido como un gigantesco blasón, a la derecha por una figura de mujer envuelta en una túnica blanca; a la izquierda por un obeso caballero de levita y pantalón a cuadros. La incongruencia de los objetos, la coalición del traje recargado y de las envolturas parciales, lo charro de los muchos colores y sus complicaciones de tartán, consternaron a Orlando. Nunca habÃa visto nada tan indecente, tan horroroso y tan monumental.