Orlando

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Sería, y sin duda era, un efecto de sol en el aire cargado de agua; desaparecería con la primera brisa que soplara, pero a pesar de todo, tenía un aire de querer durar para siempre. Nada, pensó, acurrucándose en un rincón de su coche, ni el viento, ni la lluvia, ni el sol, ni el trueno podrán demoler ese charro edificio. Se jaspearán las narices y se derrumbarán las trompetas; pero ahí quedará eternamente señalado el este, el oeste, el sur y el norte. Miró atrás, mientras el carruaje subía Constitution Hill. Sí, ahí estaba plácidamente bañado por una luz que —sacó el reloj de la faltriquera— era, naturalmente, la luz de las doce del día. No había otra más prosaica, más mediocre, más invulnerable a todo matiz del alba o del ocaso, más predispuesta a la eternidad. Resolvió no mirar de nuevo, sintió que el curso de su sangre se debilitaba. Pero lo más extraño fue que, al pasar por Buckingham Palace, un singular y vivo rubor cubrió sus mejillas y una fuerza desconocida le hizo bajar los ojos y mirar sus piernas. Comprobó con un sobresalto que usaba calzones negros. No cesó de ruborizarse hasta llegar a Blackfriars, lo cual es una prueba señalada de su pureza, si calculamos el tiempo requerido por cuatro caballos para recorrer al trote cuarenta millas.




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