Orlando

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Una vez ahí, cediendo a lo que ya era la más imperiosa necesidad de su naturaleza, se arrebujó lo mejor que pudo en una colcha de damasco, que arrancó de su cama. Explicó a la viuda Bartholomew (que había sucedido a la pobre Grimsditch en el cargo de ama de llaves) que estaba muerta de frío.

—Así estamos todos, señora —dijo la viuda, exhalando un hondo suspiro—. Las paredes están empapadas —dijo, con una rara y lúgrube satisfacción, y le bastó poner la mano en los paneles de roble para dejar la marca. La hiedra había crecido con tal profusión que muchas ventanas estaban tapiadas. La cocina era tan oscura que no se distinguía una pava de un colador. A un pobre gato negro lo habían tomado por carbón y lo habían metido en el fuego. Casi todas las sirvientas ya usaban tres o cuatro enaguas de franela colorada, aunque estaban en agosto.

»¿Pero es verdad, señora —preguntó la buena mujer, toda encogida, con su cruz de oro palpitando en su pecho—, que la Reina, Dios la bendiga, está usando un, ¿cómo se llama?, un…? —la buena mujer vaciló y se ruborizó.



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