Orlando

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—Un miriñaque —dijo Orlando, viniendo en su ayuda (porque la palabra ya había llegado a Blackfriars). Mrs. Bartholomew asintió. Las lágrimas le corrían por la cara, pero sonreía entre las lágrimas. Porque era lindo llorar. ¿No eran débiles acaso todas las mujeres usando miriñaques para ocultar el hecho; el gran hecho; el único hecho; pero sin embargo el hecho deplorable, que toda mujer decente se esforzaba por ocultar, hasta que era imposible la ocultación; el hecho de que iba a tener un hijo? Quince o veinte hijos, mejor dicho, de modo que una mujer decente consagraba casi toda su vida a ocultar lo que un día en el año, por lo menos, sería indudable.

—Los muffins están calentitos, están —dijo Mrs. Bartholomew, secándose las lágrimas— en la biblioteca.

Y envuelta en una colcha de damasco, Orlando acometió la fuente de muffins.






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