Orlando
Orlando «Los muffins están calentitos, están en la biblioteca» —Orlando articuló la horrenda frase cockney con el refinado acento cockney de Mrs. Bartholomew, mientras tomaba —pero no, aborrecÃa ese brebaje inocuo— su té. En ese mismo cuarto, recordó, la Reina Isabel se habÃa plantado ante la chimenea, con un jarro de cerveza en la mano, que descargó de golpe sobre la mesa cuando Lord Burghley tuvo el tino de emplear el modo imperativo, en vez del subjuntivo. «Hombrecito, hombrecito —aún le parecÃa oÃrla— no hay que decirles debe a los prÃncipes». Estrelló el jarro contra la mesa; aún estaba la marca.
Al solo recuerdo de esa gran Reina, Orlando se puso de pie, tropezó con la colcha y cayó en el asiento, diciendo una mala palabra. Mañana tendrÃa que comprar veinte yardas o más de bombasà negro, calculó, para hacerse una falda. Y después (aquà se ruborizó) tendrÃa que comprar un miriñaque, y después (aquà se ruborizó otra vez), una cuna de mimbre, y después otra y otra…